Le Diable Volant

Les Archives de la flibuste

La prise de Guayaquil (1687)

Dans les années 1680, il était commun pour les flibustiers de Saint-Domingue et de la Jamaïque d'aller dans la «mer du Sud», c'est-à-dire l'océan Pacifique, ainsi appelée par opposition à la mer des Antilles, la «mer du Nord», pour y piller les navires et places espagnols. Cependant, lors de ces expéditions, les flibustiers prirent peu de villes vraiment importantes, sauf peut-être celle de Guayaquil en avril 1687. Cette expédition fut commandée en chef par François Grogniet, alias Cachemarée, assisté de son compatriote Picard et d'un capitaine anglais nommé George Dew. Le document retranscrit, et traduit, ici est le premier rapport espagnol connu sur cette attaque, rédigé par le gouverneur de Guayaquil en personne.

Le Diable Volant.

document 870425a

description : lettre de Juan Àlvarez de Avilés (gouverneur de Guayaquil) à Lope Antonio de Munive (président de l'audience royale de Quito), Guayaquil, 25 avril 1687.
source : Archivo General de Indias, Audiencia de Quito, legajo 159, no. 20, ff. 48-53.
première publication : María del Pilar BERNAL RUIZ, La toma del Puerto de Guayaquil en 1687 (Séville: Escuala de Estudios Hispanoamericanos, 1979), pp. 99-104.
contribution : Sebastián Donoso Bustamante (2005).
traduction française : Le Diable Volant.

original espagnol :

Carta del gobernador de Guayaquil, Juan Alvarez de Avilés, acerca del asalto sufrido por dicha plaza el 21 de abril de 1687.

Señor,

Habiendo el enemigo pirata que infesta esta ciudad el día 20 del corriente, embarcándose ayer jueves a la oración para la isla de la Puna con ocho piraguas, cuatro barcos grandes de este río y un bergantín nuevo acabado de echar al agua, y llevándose consigo más de doscientas cincuenta personas, y entre ellas las más principales y señoras de esta ciudad con sus hijos y a mi corregidor el general Don Fernando Ponce con su mujer y familia, estando también prisionero del enemigo al tiempo de embarcarme ya en el río el general que traían, Picar, cabo principal de estos piratas, nombrado en esta ciudad porque les matamos, conversando con mi general y otros cabos de los nuestros resolvieron viendo el desamparo de la tierra, me quedase en ella para prevenir de los pueblos de la jurisdicción todo género de bastimentos con que socorrer a nuestros prisioneros y despacharles a la isla de la Puna como me ordenaron; para lo cual y que no haya detención tengo prevenido un barco para luego que lleguen los bastimentos los reciba y salga para dicha isla, y prevenidas para el efecto otras embarcaciones a cuya providencia me asiste el tesorero Alonso de Henderica, que en medio de su enfermedad asistido de su buen celo y piedad, luego que tuvo la noticia, bajó a esta ciudad sin que hasta ahora haya venido otra persona a favorecernos en este conflicto.

La entrada del enemigo fue, Señor, el día domingo veinte del corriente a las cuatro de la mañana, con cuatrocientos cincuenta hombres compuestos de cuatro naciones (Franceses, Ingleses, Holandeses, Flamencos) y algunos Españoles, Indios, y mulatos, navegación de vaciante que todo lo vence la suma de remos con que traían esquifadas las piraguas, y recelos de encontrar con la centinela de la Sanvaneta trató de cortarla y se arrojó por una bocana de bajos que está enfrente de la ciudad, entre la isla que llaman «de Banses» y otra isla que hace frente a la tierra firme de Yaguachi, y la del estero grande que llaman «de Santa» y que se comunica con el puerto de Sono, donde también teníamos centinela. Y habiendo salido al río Grande se dividieron las piraguas y dos de ellas cogieron el paraje que llaman «detrás de las Peñas» y desembarcadero de María Fico, india. Y saltando a tierra divididos en dos escuadras de a cincuenta hombres, la una marchó a la atarazana y la otra subió la cuesta para lo del Padre Bachiller, que es tan hábil, Señor, esta gente que lo que era despeñadero para nosotros era tierra llana para ellos. Y las demás cogieron el puerto de Casones, donde desembarcaron doscientos cincuenta hombres. La centinela que los sintió rompió el nombre y ellos sin embargo a toda diligencia prosiguieron su marcha por los astilleros hasta llegar al puente del estero de Don Juan de Villamar, cuya entrada se les resistió con todo esfuerzo y valor dando principio la batalla y dispuesta la compañía socorrida de los pardos, en cuyo socorro acudió luego la compañía socorrida de los forasteros, que ambas vinieron valerosamente esforzándolos nuestro general Don Fernando Ponce montado en su caballo con el valor que piden sus muchas obligaciones, pues en medio de haberle dado un balazo en un muslo y caído del caballo se hizo volver a montar; y a este tiempo considerando en la grande resistencia del enemigo mandó socorriese a las dos compañías que mantenían la pelea, la socorrida de Porto Viejo. Ésta llegó a tiempo que ya el enemigo introduciéndose de esta otra banda con una compañía de cien hombres por el paraje de entre la casa de José del Junco y el herrero Carlos por unas piezas de madera y atollándose por el mismo estero que venía cortando a los nuestros, con que les obligó a desamparar el puesto y a retirarse para la plaza donde se le volvió a resistir. Y a este tiempo se había ya introducido otra compañía por San Francisco. Ésta marchó a toda diligencia por detrás de Sto. Domingo y se apoderó de la plazuela de Doña Ana de Valenzuela, cercana a la artillería, y por aquella parte, sin experimentar aspereza en la subida se arrojaron a avanzar a la trinchera de la corona del Cerro que favorecía a la artillería. Al mismo tiempo, las dos compañías del enemigo marcharon, la una por la calle de Los Morlacos y la otra por la frente del río, y se habían ya introducido en la plaza y el resto de su gente por diferentes partes. No pudiendo los nuestros resistir, aunque siempre se les hizo rostro a tanta muchedumbre determinaron de hecho retirarse al paraje de Sto. Domingo, desde donde se les volvió a hacer rostro y mató a alguna gente y él a nosotros que no pudiéndolo resistir. Y viendo nos apuraban los que habían subido por detrás de la peña, nos vimos obligados a desamparar el puesto y a retirarnos más para la eminencia donde estaba la artillería. A este tiempo avanzó el enemigo por todas partes no en marcha formal sino descompuestos, que este era siempre su modo de guerrear, divididos uno de otro dos y tres pasos saltando y agachándose y disparando, nos entraron por diferentes partes a un tiempo dentro de la trinchera que en la corona del Cerro favorecía a la artillería, la cual experimentamos que en el paraje no nos sirvió de defensa alguna. Dentro de la trinchera disputamos también con ellos hasta llegar a espada en manos y nos mataron alguna gente y nosotros a ellos. Por último nos cercaron por todas partes y precisados nos rendimos, y con nosotros nuestro general Don Fernando Ponce que cayó desvanecido de la mucha sangre desde el caballo. Otorgándonos buen cuartel nos hicieron prisioneros y a la mayor parte de la gente y señoras casi todas que iban de retirada por diferentes partes y parajes que todos los tenían atajados el enemigo por los buenos y diestros espías que los introdujeron en esta ciudad, que fueron un Indio llamado Josefillo, que andaba aquí en los barcos del trajín del río, y un mulato, vecino de esta ciudad, llamado Manuel Boso, que ha tiempo que por la muerte que dio a Juan Méndez andaba fugitivo, y otros dos enmascarados, que a todos los vimos en la iglesia mayor donde metieron todos los prisioneros. Y dando principio a las violencias y tiranías que acostumbran, se hicieron capaces de los más principales y nos amenazaron con la muerte y de las señoras repetidas veces, sino le dábamos trescientos mil pesos. Y hallando repugnancia dio principio su crueldad en maltratar de palabras y de obras a nuestro general, dándole alfanjazos en las espaldas y remesases de los cabellos dentro de la iglesia, amenazándole con la muerte con las pistolas en la mano. Por último lo dejaron caer de golpe y lo sacaron a la puerta de la iglesia y en su compañía todos los sacerdotes y siete u ocho de los principales; y entre ellos a Don Lorenzo de Sotomayor le empezaron a amenazar de nuevo sobre que les diese plata y respondiéndole que no la tenía, que le habían llevado cuanto hallaron en su casa le dieron un pistoletazo y le mataron y le arrastraron hasta el río y dejaron a la orilla del río. Ejecutándose esto, nos mandaron que nos fuésemos dentro de la iglesia, dándonos de término la vida hasta otro día si no les dábamos plata. Al otro día lunes, nos volvieron a amenazar y trataron del rescate, pudieron dichos trescientos mil pesos y repugnando se cerraron en que habían de ser cien mil pesos y que los fuesen a buscar a la provincia de Quito, para lo cual dieron doce días de término y despacharon al efecto al licenciado Don Antonio Migues, cura y vicario de esta ciudad, y al padre predicador Roque de Molina, religioso de la orden de San Francisco. Y con este conflicto llevaron los prisioneros a la isla de la Puna, donde los tienen, dejándose las seis piezas de artillería desmontadas y hechas pedazos y algunas de las piezas arrojaron por el cerro abajo y quemaron la mayor parte de la ciudad, y entre ellas el convento de San Agustín.

Al enemigo le matamos más de cincuenta hombres y doce o catorce heridos, y de nuestra parte, según lo que hasta ahora hemos reconocido, habrán muerto hasta treinta personas, y entre ellas algunas mujeres, que por detenerlas mataron a sangre fría, y hasta doce heridos. Los principales que murieron de nuestra parte fueron: el capitán Don Nicolás Alvarez de Avilés, mi hermano, que lo era de una de las compañías de Españoles, el capitán Domingo del Casar, que lo era de la compañía de los forasteros, y su alférez Mateo Sáenz Cabezón y su sargento Andrés de Cabria y el contador Antonio Romero Maldonado, Don Francisco de Solís, el teniente de la caballería José Carranza, y el condestable Marcos Norato, y el alférez Marcos de Alzegas. Y quedaron heridos los más de riesgo el capitán José de Salas, que lo era de la compañía de los pardos, el capitán Juan de Aguirre, que lo era de la compañía de los Españoles del número, Don Bernardo Jiménez Goyonete, Don Sebastián Correa y el doctor Don Bartolomé de Cáceres y Burgos y el maestro Juan de Medina, presbítero. Que a haberse Señor acreditado el arrebato que como los hemos tenido continuos de tres años a esta parte. Y la noche antecedente lo habíamos tenido, los más no lo creyeron hasta que dio principio la batalla a tiempo que estaba lloviendo y las cuerdas se apagaban que nos desayudó mucho, la cual duró desde las cuatro de la mañana hasta cerca de las ocho. Según el valor con que se les resistió al enemigo con doscientos hombres, que no hubo más de nuestra parte, entrando los ciento cincuenta que se socorrieron, a habernos hallado con más gente, sin duda hubiéramos experimentado más favorable suceso y no quiso creer el enemigo que con tan poca gente se le hubiera hecho tal resistencia, cual en parte alguna decían habían experimentado.

La fuerza de este enemigo que anda con cinco embarcaciones, las tres fragatas (una de treinta y seis piezas) y los dos barcos se componen de seiscientos hombres, y son los que pelearon a vista de Panamá esta última vez, y saquearon los puertos de la otra costa y ciudad de León. Y dicen van a entrar en Trujillo y que ese era el principal designio de que traían. Y la urca astillada es El Tigre, que nunca ha salido esta mar. Y aseguraban que Lorencillo, pirata de la otra mar, está en ésta con cuatro fragatas de guerra con designio de hacer un cuerpo con ellos y con los demás piratas y saquear a Lima; que ese es el fin de que traían. Y estas noticias las dieron muchos de ellos, y en particular un Flamenco católico, que estaba arrepentido de andar en su compañía, y el Indio Josefillo a muchos conocidos les dijo lo mismo, y que no habían de salir sin hacer este saco y entrar en Quito, que sabían que era ciudad muy rica, y que en incorporándose lo andarán todo y que se juntarán hasta dos mil hombres de los que estaban ya dentro. Que es cuanto se me ofrece por ahora de que dar cuenta a Vuestra Excelencia cuya vida guarde Dios dilatados años para amparo de esta provincia.

Guayaquil y abril 25 de 1687 años.

Señor presidente, beso los pies de Vuestra Excelencia, su mayor servidor,

Don Juan Alvarez de Avilés.

Señor presidente Don Lope Antonio de Munive.

traduction française :

Lettre du gouverneur de Guayaquil, Juan Alvarez de Avilés, au sujet de l'assaut subi par ladite place le 21 avril de 1687.

Monsieur,

L'ennemi pirate qui envahit cette ville le 20 du courant, s'étant embarqué hier jeudi à la prière pour l'île de la Puna dans huit pirogues, quatre grandes barques de cette rivière et un brigantin tout neuf prêt à être mis à l'eau, et emmenant avec lui plus de 250 personnes, et parmi elles les principaux et les dames de cette ville avec leurs enfants, et mon corregidor le général D. Fernando Ponce, avec sa femme et sa famille, étant également prisonnier de l'ennemi au moment de m'embarquer dans la rivière, Picar, principal chef de ces pirates nommé en cette ville parce que nous leur tuâmes le général qu'ils avaient, conversant avec mon général et d'autres chefs des nôtres résolurent, voyant l'abandon de la terre, que j'y demeurasse pour prendre des villages de cette juridiction toute sorte de provisions pour secourir nos prisonniers et les expédier à l'île de la Puna comme ils me l'ordonnèrent. Ce pour quoi et pour qu'il n'y ait pas de retard, je tiens prête une barque pour qu'aussitôt que les provisions arrivent, elle les reçoive et qu'elle parte pour ladite île, et je tiens disposés de même d'autres bâtiments, ce à quoi la Providence m'assiste du trésorier Alonso de Henderica, qui, malgré sa maladie, avec son bon zèle et sa piété, dès qu'il en eut avis, descendit à cette ville sans que jusqu'à aujourd'hui il ne soit venu d'autre personne pour nous favoriser dans ce conflit.

L'entrée de l'ennemi fut, Monsieur, le dimanche 20 du courant, à quatre heures du matin, avec 450 hommes, appartenant à quatre nations (Français, Anglais, Hollandais et Flamands) et quelques Espagnols, Indiens et mulâtres, naviguant contre la marée descendante, que ses pirogues surmontèrent à force de rames, et se méfiant de tomber sur la sentinelle de la Sanvaneta, il essaya de l'éviter et se jeta dans une petite bouche de basses qui est en face de la ville, entre l'île qu'on appelle «de Banses» et une autre île qui fait face à la terre ferme d'Yaguachi, celle du grand estuaire qu'on appelle «de Santa» et qui communique avec le port de Sono, où nous avions aussi une sentinelle. Et étant sortis de la grande rivière, les pirogues se séparèrent, et deux d'entre elles prirent le lieu qu'on appelle «detrás de las Peñas» et le débarcadère de María Fico, Indienne. Et sautant à terre divisés en deux escadrons de 50 hommes, l'une marcha à l'arsenal et l'autre monta la colline par celui du père Bachiller. Ces gens sont sont si habile, Monsieur, que ce qui était précipice pour nous autres était terre plate pour eux. Et les autres ont pris le port de Casones, où ils débarquèrent au nombre de 250 hommes. La sentinelle qui les perçut les signala, et eux cependant, en toute diligence, continuèrent leur marche par les chantiers navals jusqu'à arriver au pont du marais de D. Juan de Villamar, à laquelle entrée l'on résista avec tout l'effort et la valeur possible en engageant d'abord le combat, la compagnie de relève des pardos étant prête, que vint ensuite appuyer la compagnie de relève des étrangers, qui vinrent toutes deux courageusement. En les encourageant notre général D. Fernando Ponce, monté sur son cheval avec la valeur que requièrent ses nombreuses obligations, ayant reçu une balle dans une cuisse puis étant tombé de cheval, se fit remonter en selle. Et à ce moment, considérant la grande résistance de l'ennemi, il manda le renfort de Port Viejo pour qu'il aide les deux compagnies qui maintenaient le combat. Celle-ci arriva au moment où l'ennemi de cette autre bande s'introduisait déjà avec une compagnie de cent hommes par un endroit entre la maison de José del Junco et celle du forgeron Carlos grâce à quelques pièces de bois et s'embourbait par le même marais qui les séparait des nôtres, ce qui les obligea à abandonner la position et à se retirer par la place où il résista à nouveau. À ce moment, une autre compagnie s'était déjà introduite par San Francisco. Celle-ci marcha en toute diligence par derrière Santo Domingo et elle s'empara de la petite place de Doña Ana de Valenzuela, proche de l'artillerie, et par cet endroit, sans rencontrer de résistance dans la montée, ils se lancèrent de l'avant jusqu'à la tranchée du sommet de la colline qui défendait l'artillerie. En même temps, les deux compagnies de l'ennemi marchèrent, l'une par la rue des Morlacos et l'autre par le devant de la rivière, et ils s'étaient déjà introduits dans la place et le reste de leurs gens, par différentes parties. Les nôtres ne pouvant résister, bien qu'ils aient toujours fait face à une telle multitude, résolurent, de fait, de se retirer au lieu de Santo Domingo, où dès lors l'on lui fit face et l'on tua certains de ses gens, et lui à nous autres ceux qui ne pouvaient lui résister. Et voyant qu'ils nous dépêchaient ceux qui avaient monté par derrière le rocher, nous nous vîmes obligés d'abandonner la position et de nous retirer vers l'éminence où était l'artillerie. À ce moment, l'ennemi avança de toutes parts, non pas en rang serré mais dispersé, ce qui est toujours leur manière de faire la guerre, éloignés l'un de l'autre de deux ou trois pas, sautant, se baissant et tirant. Ils nous investirent par différents endroits en même temps dans la tranchée qui défendait l'artillerie au sommet de la colline, laquelle nous expérimentâmes être d'aucune défense en cet endroit. Dans la tranchée, nous nous battîmes toutefois contre eux jusqu'à ce que l'on mit la main à l'épée et ils nous tuèrent quelques hommes, et nous autres nous leur en fîmes de même. Finalement, ils nous encerclèrent de toutes parts et ainsi forcés, nous nous rendîmes, et avec nous notre général D. Fernando Ponce qui tomba de cheval parce qu'il avait perdu beaucoup de sang. Nous donnant bon quartier, ils nous firent prisonniers et plus grande partie des gens et dames qui se retiraient presque tous par différents lieux et endroits que l'ennemi tenait en son pouvoir grâce aux bons et adroits espions qui l'introduisirent dans cette ville, qui furent un Indien appelé Josefillo, qui allait ici dans les barques de charge de la rivière, et un mulâtre habitant de cette ville, appelé Manuel Boso, qui, il y a quelque temps déjà, s'était enfui à cause du meurtre de Juan Méndez, ainsi que deux autres masqués, que nous vîmes tous dans la grande église où ils mirent tous les prisonniers. Et s'adonnant d'abord aux violences et aux tyrannies qui leurs sont accoutumées, ils se montrèrent capables des plus grandes et ils nous menacèrent, nous et les femmes, plusieurs fois de mort si nous ne leur donnions pas 300 000 pesos. Et répugnant d'abord à montrer leur cruauté et maltraiter de mots et d'actions notre général, ils lui donnèrent des coups de lame dans le dos et le tirèrent par les cheveux jusqu'à l'église, le menaçant de mort le pistolet à la main. Finalement ils arrêtèrent de lui donner des coups et le sortirent à la porte de l'église, et en leur compagnie tous les prêtres et sept ou huit des principaux; et parmi eux, D. Lorenzo de Sotomayor qu'ils recommencèrent à menacer pour qu'il leur donne de l'argent, et lui leur répondant qu'il n'en avait pas, qu'ils l'avaient prise quand ils le trouvèrent dans sa demeure, ils tirèrent sur lui un coup de pistolet et le tuèrent puis il traînèrent son corps jusqu'au bord de la rivière et le laissèrent là. Ayant exécuté ceci, ils nous mandèrent que nous retournions dans l'église, nous laissant la vie sauve un autre jour si nous leur donnions de l'argent. Le lendemain, lundi, ils revinrent nous menacer et traiter de la rançon. Ils proposèrent lesdits 300 000 pesos, puis se ravisant ils conclurent pour 100 000 pesos que l'on irait chercher dans la province de Quito, ce pourquoi ils ont donné douze jours et ils ont envoyé le licencié D. Antonio Migues, prêtre et vicaire de cette ville, et le père prédicant Roque de Molina, religieux de l'ordre de Saint-François. Et dans ce conflit, ils emmenèrent les prisonniers à l'île de la Puna, où ils les tiennent, laissant les six pièces d'artillerie démontées et ruinées et certaines pièces ils les jetèrent au bas de la colline et ils brûlèrent la plus grande partie de la ville, dont le couvent de Saint-Augustin.

Nous tuâmes à l'ennemi plus de 50 hommes et lui en blessèrent 12 ou 14, et de notre côté, selon ce que nous avons su jusqu'à maintenant, il y a jusqu'à 30 personnes de mortes, dont quelques femmes, lesquelles pour ne pas les garder, ils les tuèrent de sang froid, et jusqu'à 12 de blessés. Les principaux qui périrent de notre côté furent le capitaine D. Nicolás Alvarez de Avilés, mon frère, qui commandait l'une des compagnies d'Espagnols, le capitaine Domingo del Casar, de la compagnie des étrangers et son alférez Mateo Sáenz Cabezón ainsi que son sergent Andrés de Cabria, et le contador Antonio Romero Maldonado, Don Francisco de Solís, le lieutenant de cavalerie José Carranza, et le connétable Marcos Norato, et l'alférez Marcos de Alzegas. Et les blessés les plus en risque sont : le capitaine José de Salas, de la compagnie des pardos, le capitaine Juan de Aguirre de la compagnie espagnole, D. Bernardo Jiménez Goyonete, D. Sebastián Correa et le docteur D. Bartolomé de Cáceres y Burgos et maître Juan de Medina, prêtre. Ainsi, Monsieur, se trouve accréditée la prise que nous avons craint continuellement depuis trois ans dans cette partie. Et la nuit précédant cette prise, les autres ne la crurent pas possible jusqu'à ce s'engagea le combat sous un temps pluvieux qui éteignait les mèches, ce qui nous nuisit beaucoup, lequel temps dura depuis les quatre heures du matin jusque vers les huit heures. Selon la valeur avec laquelle on résista à l'ennemi, avec 200 hommes, qu'il n'y en avait pas plus de notre côté, en comptant les 150 qui nous aidèrent, si nous en avions eu davantage, sans doute nous aurions pu espérer une issue plus favorable et l'on ne voulut pas croire que l'ennemi avec si peu de monde ferait une telle résistance, laquelle, quoiqu'en partie, certains disaient avoir éprouvé.

La force de cet ennemi, qui allait avec cinq bâtiments, savoir trois frégates (dont une de trente-six pièces) et deux bateaux, s'élevait à 600 hommes, et ce sont eux qui combattirent à la vue de Panama la dernière fois, et ils ont pillé les ports de l'autre côte et la ville de León. Et ils disent qu'ils vont entrer à Trujillo et que cela était la principal dessein qu'ils avaient. Et la hourque abîmée est Le Tigre, qui n'est jamais sorti cette mer. Et ils assuraient que Lorencillo, pirate de l'autre mer, est en celle-ci avec quatre frégates de guerre à dessein de faire un corps avec eux et avec les autres pirates et piller Lima; que cela est l'ultime dessein qu'ils avaient. Et ces avis beaucoup d'entre eux les donnèrent, et en particulier un Flamand catholique, qui se repentait d'être en leur compagnie, et l'Indien Josefillo dit la même choses à plusieurs de ses connaissances, et qu'ils ne devaient pas partir sans faire cette descente et entrer à Quito, qu'ils savaient être une ville très riche, et qu'en se joignant tous ensemble, ils rassembleraient jusqu'à 2000 hommes, dont plusieurs étaient déjà ici. C'est tout ce qui s'offre à moi aujourd'hui pour rendre compte à Votre Excellence que Dieu garde de nombreuses années pour la protection de cette province.

Guayaquil, le 25 avril 1687.

Monsieur le président, je baise les pieds de Votre Excellence. Son plus grand serviteur,

D. Juan Alvarez de Avilés.

À M. le président D. Lope Antonio de Munive.

Le Diable Volant : Les Archives de la flibuste : années 1685-1689 : lettre du gouverneur de Guayaquil au président de l'audience royale de Quito, avril 1687

référence et URL : « Note et document 870425a : lettre du gouverneur de Guayaquil au président de l'audience royale de Quito, avril 1687. » In Les Archives de la flibuste. Québec: Le Diable Volant, 2006. [en ligne] http://www.geocities.com/trebutor/ADF2005/1685/16870425alvarez.html